domingo, 7 de agosto de 2011

INTERLUDIO VI : El arte que no es industria; desaparece...

ARRIBA: Hace muchos años; una foto junto a mi amigo el empresario japonés Sr.Takaoka. El mundo de la industria y de la empresa, me ha enseñado que el arte no ha de ser tratado de un modo muy distinto ni ajeno a este. Es más, si consiguiéramos llevar las artes al terreno de la industria, quizás gran parte del trabajo que se desarrollase en las empresas, sería mucho más feliz. Pese a ello, existen artes "incapaces para" industrializarse.
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Durante casi veinticinco años tuve la dicha de ser "vecino lejano" de Luis García-Berlanga. En las reuniones de su Comunidad (a las que asistí a veces de niño), me llamaba la atención que en repetidas ocasiones el director de cine, aseverase una frase con sorna y repetidamente, para significar que habíamos que dar otro arreglo a lo problemas. Así, muchas veces decía Berlanga -" Eso es como lo de mi profesión, que si la llevamos a Industria, pues se arregla"-. (Entonces, me decía yo para mis adentros: -¿Y... Qué sería aquello de su profesión y de la Industria?-). Con el tiempo supe que el cineasta se refería a que el Mundo del Cine solo podía arreglarse si se "excluía" del Ministerio de Cultura y se llevaba al de Industria (como una actividad empresarial). Algo, que para aquel famoso director, posibilitaría generar un verdadero negocio del Séptimo Arte, libre de yugos, servidumbres y lazos sociales; ajeno a la política y solo con una actividad de cara a los espectadores. Así me llamó mucho la atención como Berlanga cada vez que había un problema, siempre nos sugería que era peor el de su profesión, que solo debía tratarse de forma "industrial" y estaba siempre sometida a un "filtro cultural".

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Aquel razonamiento, en principio puede parecernos una aberración, debido a que las artes han de subvencionarse conforme a su teórica "utilidad" social. Pese a ello, y por haberlo oído en boca de el genial director, lo estuve recapacitando ya en edad madura; tanto que llegué a la conclusión de que quizás D. Luis García-Berlanga tuviera muchas razones. Pues no todas las artes son iguales. De tal manera, un libro de poemas, las novelas de importancia, las obras de teatro destacadas, o la música antigua y clásica; pueden y deben subvencionarse (con el mismo criterio con el que se restaura un edificio del medioevo). Pero posiblemente subvencionar las nuevas películas, pudiera llevarnos a grandes confusiones y "diferencias" sociales; pues también nos hemos plantear si el Estado ha de promover la creación de discos de Rock, Pop (o todo tipo de música actual...). Llegando a concluir que cualquier creación, idea y nueva actividad que realicemos -en la que afirmemos, se trata de un arte-, deberá estar apoyada por la Administración.



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Pese a estas ayudas, parece más cierto que si el Cine fuera subvencionado como una industria (a modo de la empresa), quizás la capacidad de conceder préstamos y ayudas del Estado fuera mucho mayor. Es más, asimismo habría un control y exigencias para la permanente función del negocio, con el fin de que los contratos se prolongaran por el mayor tiempo posible; tanto como para intentar que su actividad laboral no cesara . Consiguiendo quizás que unos consorcios (o cooperativas formadas por determinados grupos de directores), estuvieran siempre en activo, creando películas y cortos en una industria en la que se pretendería la máxima actividad continuada -para salvar sus puestos de trabajo fijos-. Algo que en el caso de las subvenciones no ocurre, ya que ello solo supone recibir un dinero del Estado; que solo espera y desea que el gasto para las películas sea el mínimo (no el máximo y con el mayor coste posible, para generar más trabajos...).
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El asunto, entendemos que puede parecernos -así visto y expuesto-, excesivamente pragmático y tratado de un modo poco "romántico". Pués al hablar de "verdadero arte", quizás hay que tener siempre en cuenta que estamos refiriéndonos al mundo de lo inútil, de lo inmaterial, de lo nunca rentable y de aquello que siempre va a ser una "carga social". Porque el arte y el artista han de estar apartados, incomprendidos y hasta al margen de la Sociedad, para tener calidad. Aunque esa visión del creador maldito y sin reconocimiento es absolutamente novedosa. Debido a que un estereotipo nacido a principios del siglo XIX, "gracias" a los problemas sociales y espirituales que esta centuria trajo al Mundo. Cien años en los que se pasó desde el absolutismo (derrocado en 1789) al Imperio Napoleónico; para finalmente llegar al nacimiento de las filosofías marxistas y a las ideas anarquistas -que afirmaban como los Estados eran el mismo origen del mal y la explotación humana-. Años en los que el arte se funde con esas tendencias y se convierte en un referente de las turbulencias sociales decimonónicas, naciendo los llamados pintores malditos (como Gaugin o Van Gogh). Un siglo en el que también surgen unas tendencias músicales, una literatura y unos movimientos creativos, que van en contra de todo lo creado en el pasado.
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Es en estos años, cuando arte y maldición se unen en un mismo término; hasta el punto de que cualquier creador de éxito social llega a ser despreciado (tildado de académico decimonónico) . Sus nuevos movimientos artísticos, finalmente pasarán a servir a las ideologías nacidas a fines del siglo XIX y principios del XX. Pese a lo que muchos de sus más insignes "maestros" habrían de morir en el anonimato, la pobreza y la marginación social; aún habiendo sido verdaderos genios de sus artes. Algo que sucede fundamenmtalmente a cuantos defendieron "tendencias" anarquistas -como Valle Inclán-; o a los que prodigaban una ideología radical de izquierdas. Quienes si nacían en un "lado" de Europa, morían en la pobreza (o en persecución); mientras si vivían en el extremo opuesto europeo ,obtenían los mayores éxitos, reconocimientos y aplausos -algo que igualmente sucedió si "giramos el espectro" hacia la Derecha y cambiamos el Oeste por el Este-.
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Desde estos años y esas épocas, artista y maldición parece que se unieron en una palabra análoga, que tristemente ya no pudo separarse. Ello, porque el arte convencional, el arte socialmente aceptado o el éxito artístico; desde mediados del siglo XIX fué sinónimo de mediocridad. Un hecho un tanto absurdo, ya que en todas las épocas el gran artista y el genio habia tenido que subyugarse y someterse al poder (o al poderoso), para poder conseguir sus fines: Crear su belleza. De ese modo se reconoce a Goya junto a Carlos IV y Fernando VII; a Velázquez en el Obrador del Palacio de Felipe IV; a Miguel Angel pintando para el clero y trabajando para Papas tan duros como Julio II; a Leonardo fabricando armamento diseñando para Ludovico Sforza y Francisco I; o a Piero della Francesca desarrollando su filosofia y su teoría de la estética, en "casa" de Federico de Montefeltro. Pese a ello y aunque estos artistas se "sometieron" y a "grandes tiranos", con los que compartieron hasta su amistad -techo, mesa y mantel-. Nadie duda ni niega que Goya, Velázquez, Miguel Angel, Leonardo o Piero della Francesca, sean genios.
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Del mismo modo, tampoco se preguntan que fué del creador en la Antigüedad o en la Edad Media; pues en le era de las Catedrales o en Roma sucedió igual que en el Renacimiento -tanto como en Grecia, o en Egipto-. Civilizaciones donde los retratistas (en piedra o pincel), los arquitectos o los simples ceramistas; hubieron de servir siempre al poderoso (así como al rico), para poder realizar sus obras. Además aquellos que les compraron sus obras y a los que tanto se critica en otras facetas de su boigrafía (léase, Papas, reyes, faraones, emperadores, señores o condotieros). En lo que concierne a su relación con grandes artistas, siempre se considera y denomina que actuaron de justos y benefactores "mecenas". Tanto como se reconoce que en su vida al menos hicieron esa gran obra: Patrocinar a los genios de su época.
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Tras este repaso desde Egipto hasta nuestro siglo XVIII, en el que vemos como prácticamente todos los creadores trabajaron para el Poder, o para los que dirigían la religión; se llega a una pregunta: ¿Por qué en el XIX se pierde este valor y nace un nuevo "arte maldito"?. A lo que habríamos de contestarnos con dos respuestas: La primera -ya explicada- expone el conocido hecho del nacimiento en este siglo de nuevas corrientes políticas antiestatales (o contrasociales) que hacen al creador posicionarse en contra del Poder. Aunque una segunda es más simple y se basa en la pérdida del valor industrial del arte; pasado en ese momento el artista a ser un creador y nunca un fabricante. Un hecho que hasta mediados del siglo XIX no se había producido prácticamente en la Humanidad, debido a que siempre el arte había sido un artículo de consumo (de ello su nombre: "artificio"). Consecuentemente, el retrato egipcio era ante todo una efigie creada en un taller, con un proceso de fabricación por etapas, llevado a cabo con las manos comúnmente de anónimos y con un fin similar al que hoy tienen las fotos de familia (para conservar al poderoso en la memoria social, para servir al recuerdo de los parientes o para llevar el Kha y el Bha -almas del difunto- al más allá). Y es así como el templo o la Pirámide -en Egipto- se realizaban casi del mismo modo que una obra pública romana, para perpetuar la grandeza del espíritu imperial. Un carácter que también tuvieron muchos de los edificios sagrados y públicos en Grecia, al igual que los retratos grecorromanos en mármol, que sirvieron para memorizar la imagen de sus líderes y de sus dioses.
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De tal manera, aquellos edificios cargados de columnas, capiteles y bajorrelieves; tanto como esas esculturas que representaban a las deidades y los poderosos de su civilización; estaban "fabricadas" de un modo industrial y con un fin puramente social (hasta el punto de hacerse varias obras o réplicas de un mismo tema). Igual sucedió en el Taller del Renacimiento y sobre todo en el del Barroco, donde el encargo de la figura de un santo, se aprovechaba para pintar -o esculpir- a la vez varias réplicas casi iguales del mismo cuadro; de las que solo el "maestro" (primer pintor) del Obrador terminaba meticulosamente las obras principales. Siendo comúnmente acabadas o hechas casi en serie otras muchas por los oficiales. Segundos de "abordo", quienes en su mayoría eran artistas más jóvenes que el maestro contrataba para suplirse y que cada año iban aprendiendo una nueva técnica de cada parte del lienzo (o talla). Así hasta llegar normalmente a dominar las técnicas y saber pintar toda una obra; podrían abrir estudio propio. Oficiales que fueron verdaderos artesanos y a quienes en muchas ocasiones se les especializaba en un tema o en una zona del cuadro (pies, fondos, o flores etcétera); siendo su vida durante muchos años muy semejante a la de un simple orfebre (o un ceramista).
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Llegados a este punto, habríamos de plantearnos cual sería la frontera entre un artista y un artesano; cuya respuesta consideramos es la siguiente: Artesano es aquel que produce un arte (artificio), que puede ser aprendido o copiado prácticamente de forma igual por otros. Mientras artista es solo aquel que crea una obra o genera un objeto que nadie puede imitar (en su carácter o en su técnica). Pues la copia de lo hecho por la mano de un verdadero artista, es solo eso: Una imitación. Mientras la réplica de aquello que el artesano hace, sería "Artesanía". En todo ello, El Taller -del Renacimiento o del Barroco-, plantea serias dudas. Pues no podemos poner una franja exacta en las labores que realizaban allí los pintores, ya que muchos solo sabían colorear telas, dar tonos de carne y pinar flores o fondos. Mientras el maestro a veces solo retocaba -simplemente- el trabajo de todos. Un problema sobre el arte y la artesanía que plantea qué es lo artístico y cual su frontera con "lo industrial". Algo que quizás nos resuelve el mundo del Cine, en donde está muy claro como existen varios "oficios". Unos de artista (director, fotógrafo o músico); junto a otros de artesano (atrezzistas, decoradores, cámaras, iluminadores, maquilladores etc) y varios de simples trabajadores (los técnicos y asistentes de este séptimo arte).
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Así, entendiendo que el Cine es casi como "un Taller" renacentista, comprendemos las palabras de Berlanga, cuando afirmaba que la mejor solución para esta disciplina artística era la de incluirla en el ministerio de Industria y separarla del de Cultura. Pues seguramente, lo más positivo para este arte hubiera sido ser tratado como una empresa (fijándose en su producción, no en su significado). Pretendiendo de ese modo que el dinero y los puestos de trabajo que el cine generase fueran altamente protegidos por el Estado (no su purismo, ni su temática). Algo que quizás hubiera permitido defenderse abiertamente contra las importaciones y realizar una política abiertamente de empresa en ese mundo -favoreciendo un producto español y defendiéndolo a toda costa frente a otros-. Ya que es mucho mejor proteger que subvencionar, o como dicen los chinos: "Enseñar apescar antes que regalar peces" . Tratando a la industria del cine como una gran empresa que genera millones de beneficios y no como una ruina artística a mantener... .
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Unas empresas bien defendida en las que para importar a nuestro país un producto que ya se fabrica en España, habrían de pagar cánones y pluses de imposición (para evitar la competencia a nuestra industria). Con lo que las películas extranjeras hubieran sido sometidas a múltiples tasas, que las hubieran hecho más caras y menos vistas que las nacionales -dejando a un lado esa "farsa artística" llamada "doblaje"; que tristemente se permite en España, sin haber educado y acostumbrado al público a oír la verdadera versión. Algo que educa muchísimo en materia de idiomas, tanto como protege completamente al cine nacional-.
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Pero por fin, volveremos a nuestro mundillo y entramos de nuevo en el "problema de la música"; un triste tema que cada día plantea más polémicas (que parecen carecer de soluciones). Habiendo de plantearnos si la música también puede ser industrial. A ello la respuesta es evidentemente: Sí. Aunque hay algunos géneros y estilos que pueden ser "industrializables", mientras otros nacen incapacitados para ello. De tal manera los tipos de música capaces para ser llevados al espectáculo (sin problemas) entran en el mundo de la industria. Mientras aquellas otras que nunca son ni serán espectaculares; están incapacitadas para industrializarse. Nos explicamos: El Rock, el Pop, la ópera o los conciertos de las orquestas; de los que pueden realizarse conciertos o recitales ante aforos de miles de personas. Precisan una "parafernalia" empresarial y son en sí mismo, una industria. Pero los conciertos solistas, tanto como la música religiosa o antigua, la barroca o la contemporánea -que pocas veces reunen a más de cien personas y cuya "entrada" no paga los gastos de escena (ni menos el caché)-; son artes nunca industriales, ni industrializables. Ante ellas solo tenemos dos opciones: La primera es dejar que desaparezcan por falta de interés; y la segunda solución pasa por subvencionarlas y potenciarlas -con apoyo de medios y de prestigio social-, para que no se pierdan.
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Volviendo nuestra preocupación por la guitarra y las letras (artes muy poco industriales...); ya decíamos ayer que los años setenta y ochenta eran tiempos felices para la Cultura (con mayúscula). Ello, porque entonces vivían entre nosotros un gran número de intelectuales de renombre. En literatura, por ejemplo: Vicente Aleixandre o Camilo Jose Cela, tanto como Dámaso Alonso, Lázaro Carreter, Buero Vallejo, Blas de Otero o Claudio Rodríguez (junto a un elenco casi infinito de escritores del mayor nombre, entre los que se encontraban figuras como Delibes o Matute -que llegaron hasta nuestros días del siglo XXI-). Igualmente entre los músicos vivos y activos en los setenta y ochenta, estaban inmortales como Segovia, Yepes, Saez de la Maza, Joaquín Rodrigo, Krauss, la Caballe, Carreras ( al margen de Domingo, Los Romero, Bitteti, Paco de Lucía o Sanlucar; de los que aún hoy disfrutamos en activo junto a otro elenco de grandes nuevos guitarristas).
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Pese a ello, esta generación, parece que se acaba, ya que los grandes guitarristas (que son los únicos que van quedando como músicos más destacados) tienen entre los cuarenta y los setenta años. Su arte se disipa al parecer porque ya no es un gran negocio; y mientras antaño todos asistían pagando lo que fuera a los conciertos de Segovia -en la Alhambra-, a los de Yepes -en el Real- o a los de Paco de Lucía y Manolo Sanlucar (allí donde tocaran). Hoy, la guitarra, apenas despierta ni atrae al grán público. Quizás ello se deba a que en las televisiones cuando se habla de "conciertos", normalmente se refieran a "recitales" dados por chicos de menos de treinta años, con apenas conocimientos musicales ni técnicos y que se acompañan de instrumentos tan fáciles de manejar como las baterías o las guitarras eléctricas (algo que ya nada tiene de "concertante"). No solo eso, sino que apenas se oye en los medios de comunicación la guitarra -ni la música clásica hispana-, por lo que no existe una costumbre ni una necesidad creada de escucharlas. Ello quizás por considerarse que "no vende" y como "no vende", pues no interesa... .
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Un criterio mercantil para valorar las artes que quizás lleve a la desaparción de la generación de Oro y de verdaderos músicos y guitarristas que tuvo España (desde comienzos del siglo XX hasta hoy). Pero no nos preocupemos por promocionar la verdadera cultura, porque es aburridísima -a casi nadie le interesa-. Además es seguro, que dentro de cien años todos van a taratear las canciones de este verano, al igual que muchísima gente recordará cuantos triunfos tuvimos en el deporte. Mientras dentro de un siglo, ya nadie sabrá quienes eran: Manuel de Falla, Albéniz, Granados, Turina, Rodrigo, Segovia o Paco de Lucía... . ¿"Un mundo feliz"?.

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